
Por más que lo intente, Harper's Bazaar nunca será Vogue, al igual que la Shopping Night de Barcelona jamás será la Fashion Night Out de Madrid. La revista Harper's Bazaar ha puesto todo su empeño este año en promocionar el evento del pasado 30 de noviembre. En cada esquina, un enorme cartel anunciaba que las tiendas estarían abiertas hasta las 00h de la noche. Tal vez ese ha sido el error, es decir, excederse en el uso de la publicidad. La cosa habría sido distinta si dicha publicidad hubiera sido dirigida a aquellos verdaderamente interesados en la moda. Hoy en día, con las redes sociales y los innumerables blogs de moda, los organizadores habrían congregado a una cantidad de público igualmente importante, con la diferencia de que éste habría sido más selecto.
Esa misma tarde, el alcalde de la Ciudad Condal, Xavier Trias, daba el pistoletazo de salida a la temporada navideña, encendiendo las luces del árbol de Plaza Cataluña e inaugurando la nueva pista de patinaje sobre hielo. Incluso había un coro de niños cantando villancicos. Todo muy bonito, hasta que llegó la noche y el "glamouroso" evento que iba a clausurar la velada acabó convirtiéndose en un improvisado desfile de drag queens y gente disfrazada. Si la Shopping Night del año pasado resultó encantadora, divertida y chic, esta segunda edición sólo puede describirse con una palabra: patética.
El freak show dio comienzo a las 20h, aunque yo no acudí a la que iba a ser mi cita nocturna con la moda hasta media hora más tarde. Al principio me invadió una sensación de déjà vu, todo parecía exactamente igual al año anterior (lo cuál ahora habría resultado un alivio). Pero a medida que iba subiendo por el Passeig de Gràcia, la cosa empezaba a cambiar. Junto a Tiffany's se había formado una cola quilométrica formada en su mayoría por ancianitas avariciosas que esperaban ansiosamente un vaso de 1 mililitro de caldo gratis.
Teniendo en cuenta que un cubata en una discoteca cuesta una media de 8€, resulta comprensible muchos jóvenes aguardaran pacientemente en Desigual para conseguir su cocktail sin pagar ni un duro. Pero uno empieza a cuestionarse hacia dónde va esta sociedad cuando observa anonadado que en la puerta de Mango se ha formado una cola aún mayor que la de las viejecillas rapaces o la de los adolescentes sedientos de alcohol para obtener un pequeño recipiente de cartón con unas cuantas palomitas. El repartidor de las palomitas no daba a basto para alimentar a la muchedumbre hambrienta. Tal vez horas más tarde el populacho enfurecido acabara echando al dependiente a un lado y atacara el carrito de palomitas cegado por la avaricia y la gula. Quién sabe, puede que incluso se comieran al empleado, cuales zombies famélicos.
Ya había perdido toda esperanza cuando, de pronto, unas burbujas de jabón provenientes de un punto entre Santa Eulàlia y Dolce & Gabbana hicieron que me debatiera en mi opinión. Un automóvil propio de principios de siglo XX echaba estas pompas desde el maletero, mientras unos señores vestidos con atuendos de la misma época fingían tomar fotos con una cámara antigua. Respiré hondo al ver que no todo estaba perdido, que aún había cabida para el gusto y la originalidad. Pocos metros más abajo me topé con una orquesta de cuatro o cinco músicos sacados de los años cuarenta, tocando una animada melodía a base de saxo y trombón; todo por cortesía de Mango.
Otra firma catalana que me sorprendió gratamente fue Custo Barcelona. En el interior de un garaje repleto de prendas de la marca con descuentos de hasta el 70%, el diseñador había montado su pop-up store, con cocktails, una larga alfombra rosa y una masiva afluencia de público homosexual. Además, a la salida mis expectativas aumentaron al ver que los flashes cegaban a dos rubias que posaban en el photocall de la tienda. ¿Serían celebrities? ¿Tal vez alguna de las modelos de Harper's Bazaar? Qué va. Ni una ni otra. En realidad ni siquiera eran mujeres, sino dos hombres vestidos de mujer con medias de rejilla y minifaldas de cuero.
Decepcionado y con la cabeza cabizbaja me marché de allí para encontrarme de nuevo con el bullicio del Passeig de Gràcia. Las colas para hacerse con un caramelo gratis se habían duplicado y por mi lado pasaban individuos disfrazados del payaso de McDonalds, más drag queens con enormes plataformas y máscaras de luchadores mexicanos... Todo un espectáculo, y no precisamente en el buen sentido de la palabra.
Atendiendo a la enorme cantidad de asistentes, lo más probable es que el año que viene Harper's Bazaar y los comercios del popular paseo barcelonés organicen una tercera Shopping Night. Y si este año la concurrencia de público ha sido masiva, seguramente el próximo año el número de horteradas también sea masivo, puede que incluso compitiendo con los carnavales. El Ayuntamiento promueve este tipo de actos para mostrar al mundo que "en Barcelona pasan cosas". Pero qué quieren que les diga, señores políticos, para celebrar acontecimientos de esta calaña, mejor no celebren nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario